Apuntes de un viaje de pesca
» Ida
Las líneas discontinuas de la ruta nacional número 144, se adentran en los Andes, modeladas por la sinfonía de Rush, The Spirit of Radio. Al traspasar el desvío del Nihuil, a la sombra del único algarrobo en leguas, un paradero, donde todo parece haberse detenido en otro tiempo.
Un lugar semejante a una toldería, que desde una pizarra destartalada,ofrecía tortitas con chicharrones, raspaditas, sopaipillas y café. Su fachada, de espaldas a los Andes, de adobes deshilachados por el tiempo, las cañas sobran del techo y la puerta la engalanan un par de malvones rojos.
En el umbral aromas de la infancia, armonizados con el suave sonido de una cueca Cuyana, mesas de madera pintadas de verde, sillas de totora con almohadones de tejido andino.
Los tenderos, una pareja de palabras justas, que desprenden hospitalidad. Ella nos invita a tomar asiento, entre sus manos una aumeante pava de café. Él con perspicacia, acomoda una canasta de mimbre colmada de tortas y unos tarros con mermeladas caseras.
Agradecidos dejamos atrás aquella vieja toldería de la ruta 144.
» Llegada al puesto Don Chicho…
Al pasar el valle de las Leñas por el camino que va al Valle Hermoso llegamos al puesto de Don Chicho. Luce una mañana espléndida de diciembre, unos chocos macilentos aúllan advirtiendo nuestra presencia. Nos recibe con amabilidad gaucha, Juan Rodríguez, padre de mi gran amigo Cristian.
Cristian Rodríguez, como organizador y guía de pesca al paraje “La Matancilla”, había ideado todo al detalle. Entre semana le había enviado un mensaje a su padre por la radio Lv4 de San Rafael, el mensaje decía algo así: “Se le comunica al señor Juan Rodríguez del puesto don chicho del valle de las Leñas, que el día sábado, a la salida del sol, viaja su hijo Cristian, por favor disponga de cuatro caballos fuertes.”
Mientras empacan los caballos, Yiyo López y Jorge el Piojo De Boni, se inquietan al observar una lejana nube negra, “el pronóstico indicaba soleado sin nubes” afirma con certeza Jorge el Piojo De Boni y le muestra un papel impreso con las características climáticas que respaldan sus palabras.
A galope de caballo matungo, por los contornos del río Tordillo, nos sorprendió una violenta borrasca. La temperatura bajó en un instante, las nubes negras y el viento gélido de los Andes entumecían nuestros huesos. Al abrigo de un llano que los autóctonos llaman “La Mesa” aguardamos el amaine de la fugaz tormenta de nieve.
Dolientes apuramos la vuelta al Puesto de Don Chico. Juan Rodríguez aviva el fuego de la estufa de leña y nos ofrece unos mates dulces. De pronto cuando ya estábamos asentados, Juan Rodríguez expresa “con su permiso me ausentaré un momento, voy a ir al puesto de abajo a por una diligencia”. Enciende su chata y en un periquete regresa con un codero lechal para homenajearnos.
Juan, quita su facón de la espalda y trincha el cordero, lo pone en una olla guarnecido de papas y cebollas. Con serenidad coloca la olla en un extremo de la estufa de leña, se sienta en una silla junto al fogón y con un hierro va acercando una a una las ascuas al borde de la cacerola.
Aquietados a la luz del fuego, la espera del estofado de cordero tiene mucha litúrgica. Los olores, sabor y textura de aquel memorable estofado eran todo un disfrute. Vaciamos unas cuantas botellas de vino Goyenechea Tinto, reímos y charlamos hasta la madrugada.


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