Agustín Gil

Espejos de sal ilumina la insufrible llanura del Diamante,como algo insignificante por la magnitud del paisaje una ruinosa y solitaria tranquera sostenida por un par de álamos  advierten una huella tarda  de arenales.
Agustín Gil 
El camino se agota en el  desolado lugar  nombrado Jahuel del Molle.A la sombra de un cerro junto a dos carolinos se halla el puesto de Don Chicho Gil,  un ser admirable que abrió camino donde no había nada, su hábitat era en invierno, las tierras del Jahuel del Molle  y en primavera emprendía  la veranada con su familia y todos  sus animales en el Valle de Las  Leñas.

Imaginemos como transcurría un día cualquiera en el puesto: 

Al entrar a la casa, los mates dulcísimos pasan de mano en mano, el suelo de tierra brilla de limpio, tomo asiento en una silla de totora, en un ángulo un pequeño fuego  mantiene una tiznada tetera con agua caliente, la  mesa vestida con un desgastado hule, en ella  una  canasta con pan casero, de frente una rugosa  imagen del papa Juan Pablo II. Entre diálogos  con enormes pausas miro hacia la puerta y debajo de la cortina percibo a unos niños, de rostro agrietados por el clima, que se divierten con piedrecitas, juegan a la payana.

Los senderos del arreo quedaron huérfanos,los duros cueros de vaca enroscados  en el alambre.Don Chicho  quizás  fue  uno de los últimos testigos del silencio de los Andes, de la maña del Puma y de  contemplar la belleza del Cóndor.

Pequeña memoria dedicada  a Don Chicho Gil, esposa, hijas, hijos y nietos en especial a mi amigo Cristián Rodríguez.

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