El cielo en la ventana
Lloro, a un tiempo de Bardas Blancas, el
sol se despierta de la siesta para vislumbrar su caminar, al pasar las vías por Alem, tatarea un emotivo tango que bailó antes, con premura abre la puerta del desolado portón colorado, gris
pasadizo de cemento agrietado. Al fin, junto al duraznero, los pequeños desvalidos
corren a su encuentro, querubín acorralado revoletea de felicidad.
Insuficientes
letras son dedicadas a mi abuela, Juana
Caballero, quién acaba de cumplir 91 años de edad. Se halla en
una residencia de ancianos en San Rafael. Su hija Nora, o sea mi madre, la visita
a diario, pero por la pandemia del Covid- 19 se encuentra aislada. Como se
pueden imaginar, el encuentro es algo chocante, mi mamá desde la vereda
separada por una verja y la abuela como una reina de la vendimia se asoma por
la ventana lanzando besos, sus frágiles oídos dificultan la charla…
La abuela
levanta la mirada con lágrimas en los ojos y nudos al hablar. Con perspicacia pregunta
repetidamente por toda su familia, nada menos que quince nietos
y dieciséis bisnietos. Envía cariño, besos e incesantemente alienta,
para que tengan paciencia, que todo va
ir bien y que pronto nos juntaremos.
Nació
en una humilde casa en un pueblecito llamado Bardas Blancas de madre indígena y
padre criollo, fueron muchos hermanos como casi todas las familias de antes. Su
padre murió cuando mi abuela todavía era una niña por lo que apenas entrando en
la adolescencia la enviaron a trabajar a una casa en San Rafael. Después entró
a trabajar en el hotel España donde finalmente se jubilaría.
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| Juana Caballero |
Lo destacado
de esta historia mínima es que mi abuela Juana, le cuesta mucho ponerse en
pie, el dolor de espalda es constante, pero ella con mucho esfuerzo logra levantarse
y nos da una lección de vida, sus ganas de vivir y el amor por su familia es un
antídoto contra cualquier mal.


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