Hoy me vestí con el maillot de lunares rojos, el que lleva el líder de la montaña en el Tour de Francia. Me hace ilusión ponérmelo; me recuerda a cuando era adolescente y solía entrenar por los ásperos caminos de los Andes. Siempre pensé que me gustaba pedalear por las montañas por esa sensación de épica.
Al coronar el puerto, me pregunté por qué, cada vez que salgo a andar en bici, escojo los duros caminos de la Ribeira Sacra, si después termino con un dolor de piernas que me dura días.
Quizás tenga que ver con la geografía del lugar donde uno nació. Las montañas de Mendoza forman una frontera natural que amplifica la necesidad de imaginar, de cruzarla y descubrir qué hay más allá.
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